Pese a todo pronóstico, mi primera semana en Cúcuta pasó, la sobreviví. Hizo calor. Hizo Mucho calor. Todavía no me aclimato del todo – mi suegro dice que para que eso ocurra deben pasar 120 días, así que todavía me faltan unos 158422356 días – pero a ratos estoy descalza o acostada en el suelo para darme el gusto de sentir las baldozas un poco más frías que mi cuerpo. He cruzado el umbral y ahora parece que ya no hay retorno porque estoy tranquila. No he salido de la casa, no hace mucha falta pero lo que extraño mucho es asomarme a la ventana y ver el verde Tabio, sentir el mínimo ruido, la tranquilidad, saber que los perros andan por ahí jugando o acostados bajo el árbol o echados de panza al sol. Extraño el aire fresco, respirar frío. Extraño el cielo azul muy azul tan cerquita de mí. Extraño los amaneceres con neblina a lo lejos, allá en las montañas de Chía, mientras acá había sol radiante. Extraño los atardeceres coloridos y las noches llenas de estrellas. Otras cosas extraño de la vida cotidiana, pero eso tiene más que ver con nuestros tiempos en familia que con el espacio.Luego de pensarlo bien me animo a hacer una despedida formal y por escrito – no es que haga falta – de algunos seres lindos que se conocí – gente linda hay en todas partes pero allá me maravilló estar cerca de tantos artistas, todos niñas y niños de corazón. Más que despedidas son agradecimientos al Universo por permitir que nos encontráramos durante un trayecto del camino. Lo que digo son pequeñeces pero sería demasiado largo de otra forma.
Así que me voy agradeciendo el llevar conmigo a Mauro, su música, sabiduría y grandeza imborrables, Yaz y sus tres chiflados, incluso un poco a VIco como extensión maravillosa de su papá; a Margarita, Juanita y el resto de su familia, que a través de las historias de Aurora pude conocer y admirar aún más; a Juan Diego, León y Mafe, que aunque compartimos poco tiempo dejaron una huella viva del tamaño del corazón de Mafe; a la “topesora” Gloria que nos trajo música y su bella sonrisa, incluso un poquito de María; a Martica y nuestro hijo adoptivo de a ratos: Nico, “Nico Cuxx”, amiguito inolvidable, hombrecito de humor negro y corazón gigante; a NauJ, duende alado (viéndolo bailar parece una libélula: batiendo alas va sonriendo mientras se busca en los ojos de su amada) que me dio unas alas de prueba mientras me decido a terminar mi etapa de crisálida; a quienes conocí a último momento o sólo vi de lejos pero que se quedaron grabados porque intuí su vuelo espléndido, porque vi sus alas: María, Irma, Diego, Lucas…. el cine, la bossa nova, los tambores…
En Tabio me reencontré con mi hermanita Ana, con mi mamá, con mi papá, con mi amiguita Claudia – fue genial danzar al ritmo de la música celta; recibimos a Carlos Andrés; conocimos, compartimos, bailamos, comimos asadito y aprendimos de nuestros amigos “oenegeístas”, con todos pero en especial con Juank y Adri, esos grandiosos seres humanos que adoro y admiro por tener la valentía y el corazón tan grande de hacer caminar el sueño de ayudar a la gente; hasta conocimos a última hora a Luis H, y lo siento amigo de siempre.
Todo fue importante, las cosas grandes como ver crecer tanto a mis lokitos, saberlos felices, ver crecer tanto a Juan, quedar embarazada – aunque no estaba para nacer ningún angelito, fue maravilloso sentirme otra vez completa, luna llena, mamá nueva, querer tanto a Juan – y las insignificantes como… qué se yo, por eso son insignificantes, ya ni las recuerdo pero sé que tuvieron su importancia.
Sólo hasta hoy me permito pensar en esto, en lo que dejamos, porque desde aquí ya no tiene mayor importancia, aquí me voy acomodando para volver a sentirme habitante de alguna parte. Ahora Tabio y Fagua quedarán como parte de otro capítulo en este minúsculo libro que es mi existencia, mientras lleno con más sonidos, más besos y más risas de mis lokitos la siguiente página que inicia.