En la casa del frente un señor mayor camina lento; viene de la sala hasta el balcón. Se aproxima a uno de los extremos del balcón, que está rodeado de bifloras, geranios, helechos y algunas otras plantas cuyo nombre escapa a mi memoria – o a mi conocimiento. Sobre una tabla que atraviesa la baranda en la esquina elegida del balcón, acomoda con cuidado algo que traía en la mano: sólo hasta ahora comprendo que es un banano. Deja el banano a medio pelar sobre la tabla y se sienta a esperar…
Cuando volví a la cocina a tomarme un té con limón – una media hora después – ahí seguía el señor, sentado cómodamente en una silla incómoda. Limitándose a disfrutar, muchos colores revoloteaban frente a él. Colores bulliciosos: parados en la baranda, comiendo banano, saltando de un lado a otro, charlando con el señor, cantando bajito…
El señor mientras tanto espera el momento preciso para abrir sus alas y mudarse al enorme árbol que vive frente a su casa…

A lo mejor un día traigo un banano y me siento bajo el árbol para saludar.
